Hace muchos años leí un breve ensayo del filósofo alemán Josep Pieper sobre la amistad. Decía que en el origen del amor de amistad está siempre la idea de ser capaz de decir: "es bueno que existas, que estés en el mundo" y, por tanto, "yo quiero que existas".
Pues bien, una de las cosas más interesantes, saludables y buenas que me han pasado en estos últimos tiempos es conocer a Toti, alegrarme de su existencia hasta el punto de convertirla en un báculo de apoyo para la mía propia.
Como muchas de las cosas más o menos sorprendentes o sobrenaturales que pasan en la vida de los hombres conocí a Toti por casualidad. Al fin y al cabo la casualidad es el anónimo de Dios.
Andaba yo ufano presidiendo un tribunal de eso que vulgarmente se llaman unas "oposiciones" y, entre los candidatos a acceder a un estatus profesional mejor y pagado por el Estado, estaba Toti. Engolfado en esta autoridad efímera que conceden los hombres por medio del Boletín Oficial del Estado, me encontraba sobre el estrado y tras la mesa en la que pomposamente se sentaba el tribunal. Toti estaba en la primera fila de una larga multitud de concursantes a percibir una nómina del Estado. Pero, por eso del anónimo de Dios, me fijé en aquel tipo, quizás por el ser joven en medio de una masa de candidatos entraditos en años.
No volví a verlo más hasta el final del proceso, hasta el día en que vino a recoger los méritos con los que optaba a su merecida promoción. Y qué méritos! No estaba mal: un buen montón de libros sugerentes, títulos académicos, un doctorado... Ganó el concurso, por supuesto.
Aristóteles dirá que la amistad, además de algo hermoso, es lo más necesario en la vida. Afortunadamente no me faltan amigos, y a ciertas alturas de la vida, engrosar esta nómina no es ni fácil ni posible. Pero, a pesar de que mi catálogo de amigos estaba ya lleno, quiso Dios que se aumentara con la presencia de Toti.
Otra vez volvió a funcionar la casualidad.Dos años después de este primer encuentro, digamos que "administrativo", buscaba yo unas personas para realizar un proyecto personal y profesional para el cual se me ocurrió reencontrarme con Toti. ¿Y como dar con aquel doctor de la primera fila? Tenía su nombre completo. Y estaba en la guía de teléfonos !
Por supuesto, recibir una llamada del antiguo presidente del tribunal que te ha valorado unos méritos para hablar de no se sabe muy bien qué, es un ejercicio de audacia por mi parte y otro de benevolencia por el llamado. Pero aceptó una entrevista y nos vimos en un lugar muy socorrido y vulgar. Y casi estuvimos a punto de no encontrarnos por un pequeño malentendido sobre el lugar exacto. Pero era de Dios que nos teníamos que ver de nuevo. Le expliqué mis proyectos, me escuchó entre sorprendido y desconfiado, lo cual es más que comprensible.
Aquel proyecto mío no salió adelante. Pero fue el motivo que aunó la casualidad con otros designios más profundos, misteriosos y fructíferos.
Pero salió otro proyecto inesperado. Toti se enroló en una asociación profesional que presido y hasta aceptó un cargo directivo, creo que muy a pesar de sus deseos iniciales. No sabrá nunca cómo se lo agradezco. A partir de este conjunto de circunstancias tuve la ocasión de conocerle de cerca, a fondo (en la medida en que a Toti se le puede conocer a fondo) para convertirse en un descubrimiento que iba a transformar mi anodina y rutinaria vida, como había transformado, luego lo supe, la de otras muchas personas.