LA
MONTAÑA
El
simbolismo de la montaña, de la subida esforzada a una cumbre, ha sido utilizado
profusamente por la literatura mística y también la no mística. La montaña
evoca la naturaleza en estado casi puro, agreste. El silencio entre los bosques
y laderas ayuda a rezar, a evocar al Creador. San Juan de la Cruz narra su
experiencia mística en “La subida al Monte Carmelo”, Thomas Merton explica su conversión
y entrada en la Trapa en “La montaña de los siete círculos”. El monte Carmelo,
sobre el que se funda la orden mística de los carmelitas, evoca una cordillera
de Palestina. Y carmelitas han sido grandes místicos como San Juan de la Cruz,
Santa Teresa de Jesús o Santa Teresa del Niño Jesús.
A
Toti le gusta también la montaña. Él también tiene su montaña particular y
andando por sus senderos ha escuchado varias veces las mociones de Dios. La
montaña tiene algo que seduce, que calma el espíritu y da paz. Cerca de su
montaña tiene Toti un refugio espiritual, lejos del ruido ciudadano y de las
distracciones mundanas. Me ha hablado muchas veces de su montaña, de sus
caminatas, de las inspiraciones que allí ha recibido. Por aquellas latitudes se
ha sosegado su alma. Saliendo al monte ha experimentado como San Juan de la Cruz que la luz de Dios le
guiaba:
“Aquesta
me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
adonde
me esperaba
quien
yo bien me sabía
en
parte donde nadie parecía”
La
montaña es también un símbolo de la lucha interior. Subir una montaña es
siempre algo esforzado, cansado. Que me lo digan a mí, que pasé el servicio
militar subiendo y bajando alocadamente montañas en un regimiento de “cazadores
de montaña”. Pero seguro que Toti pasea por la montaña más despacio, pero sin
desfallecer. No todos llegan a la cumbre, quizás son muchos los que se animan,
pero el camino no es fácil. La vida interior es un caminar que requiere no
desfallecer.
Saint
Exupery, que es uno de mis autores preferidos, fue, además de escritor, un
valiente aviador que murió con su avión de ataúd. En uno de sus libros, “Tierra
de Hombres”, narra un accidente que deja al piloto en medio de una tierra
desconocida y deshabitada. Se salva caminando sin desfallecer, por eso dice que
“lo que salva es dar un paso, un paso más”.
Toti
sube su montaña, la natural y la espiritual. Sabe que dar un paso más salva. Sabe
que, quizás, caminamos de noche, en esta noche oscura del alma, pero una “noche
dichosa”, tras la que llegará el día. Pienso que la causa de la crisis que hay
hoy en muchas comunidades religiosas o laicales es que se ha instalado en ellas
la rutina, el ir tirando, repitiendo prácticas piadosas ejecutadas como quien
desayuna todos los días.
Los
montañeros saben que en la montaña no vale el despiste, la rutina. Hay que
caminar, sabiendo que, por muchos vericuetos, se puede llegar a la cumbre. En
el delicioso libro “Alicia en el país de
las maravillas”, la protagonista pregunta al conejo si va por buen camino y
éste le responde: “depende de a dónde vayas”. ¿Nos preguntamos muchos de
nosotros a dónde vamos? Toti respondería a esta pregunta: hacia donde Dios me
lleve. Dejarse llevar por el espíritu requiere tener una buena comunicación con
el Señor, precisa abandonar la simple rutina para esforzarse en profundizar, en
estar cada día más cerca del Señor.
Toti
me ha enseñado a distinguir la fundamental de lo accidental, lo rutinario de lo
místico. El sabe que Dios nos espera en la cumbre, pero que hay que subirla con
la ayuda de su mano, de su gracia que nunca falta si la pedimos con humildad. Y
la gracia fluye si rezamos, si frecuentamos los sacramentos más allá de la
rutina de un simple católico “del montón”. En la montaña siempre hay fuentes de agua pura: "Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará" (Ez,36, 24). La subida puede ser dura, pero nos purifica.
En la cumbre está Él, tras la noche oscura o tras los sudores de la subida, que se olvidan fácilmente ante su presencia:
En la cumbre está Él, tras la noche oscura o tras los sudores de la subida, que se olvidan fácilmente ante su presencia:
"Quedéme
y olvidéme,
el
rostro recliné sobre el Amado;
cesó
todo, y dexéme,
dexando
mi cuidado
entre
las azucenas olvidado".
Augusto, leo estas líneas y se esfuman las pequeñas distracciones del día a día y se despierta en mi el deseo de estar con Dios. Mil gracias!
ResponderEliminarSiento, gracias a lo que nos compartes, el deseo de seguir andando en esta montaña de la vida, para poder descubrir la presencia de Dios, allí donde esté. Tu testimonio y reflexión es como un aliento que me anima y me transmite paz y alegría. Sigue compartiendo tus andanzas, por favor!
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